Una Historia Real De Los Reyes Magos

El  Enigma De Los Reyes Magos

HACE YA MUCHOS AÑOS, durante un viaje de negocios, mi coche se averió en la helada autopista y me encontré inmovilizado en la ciudad de Colonia. Era el día de Nochebuena, y, para matar el tiempo, me dediqué a vagar por las calles.

La Historia Real De Los Reyes Magos

Poco después de oscurecer vi cómo la catedral, el monumento más grande de Colonia, iba quedando paulatinamente vacía, igual que las angostas calles, a medida que la gente se recogía detrás de los escarchados cristales de las ventanas para celebrar la fiesta en la intimidad familiar. Durante «un rato paseé a lo largo de la vieja muralla romana de Colonia, ciudad alemana que ya existía hace más de 1000 años.

Cuando llegó la hora de la misa de gallo, la soledad y el frío se desvanecieron, porque en el interior del vasto edificio gótico encontraba uno el acogedor ambiente de la Navidad: la masa de fieles, las sonoras notas del órgano, las luces de cientos de cirios reflejadas en los vitrales.

Sentado cerca del nacimiento, sentí un íntimo contento… al menos parcial. Porque, en cierto modo, vagamente, allí parecía faltar algo. Las imágenes de la Virgen y el Niño estaban en su sitio, acompañadas de José en el centro del establo, pero no había la estrella de Belén… y, ¿dónde estaban los reyes magos que solían adornar el nacimiento de Jesús?

Quedé decepcionado como un niño. A la mañana siguiente, vagando y por la nave, me tropecé con un sacerdote alemán, hombre bonachón en el comienzo de la edad madura, y no me pude contener de preguntarle por qué la ausencia de aquellos símbolos.

—¿Que no hay magos? —preguntó, a su vez, con cierto aire burlón. Y me llevó a un gran templete dorado que había detrás del elevado altar—. Nosotros —dijo— los llamamos «Los Tres Reyes». Sus restos están aquí, donde han permanecido más de 800 años. Por eso no nos preocupamos de poner sus figuras en el nacimiento.

—¿Que no hay estrella de Belén? Y me condujo hacia el gran pórtico del sur. Desde afuera, para la mayoría de los observadores, la catedral de Colonia no tiene más que dos gigantescas torres. Pero hay una tercera, más pequeña y más fina, directamente encima del crucero. Su remate es una gran estrella dorada de muchas puntas, que mide 1.70 metros de diámetro y se eleva 109 metros sobre el belén.

—¡Ahí tiene usted su estrella! —dijo el sacerdote con amable tono triunfal, y me deseó una feliz Navidad.

Satisfecha mi curiosidad, regresé a mi hotel. Pero la historia de los tres reyes siguió revoloteando en mi mente. Antes de acostarme, hojeé la Biblia que había en la mesita de noche y acudí a Mateo II, 1-12. Entonces quedé perplejo. No hacía mención alguna de reyes, sino simplemente de sabios. Tampoco había nombres: ni Melchor, ni Gaspar, ni Baltasar. Ni siquiera dice de cuántos sabios se trata; sólo que eran más de uno y que llevaban tres regalos. Y la estrella descrita parecía más bien un cometa.

Antes de marcharme de Colonia volví a la catedral para interrogar al sacerdote acerca de estas cuestiones. Más tarde supe que el canónigo Joseph Hoster era una de las más eminentes autoridades mundiales en la historia de los reyes magos. A la sazón era conservador del relicario de Los Tres Reyes. Sonriendo, me explicó:

—El relato del Evangelio proporciona en realidad las primeras pistas de una especie de pía novela detectivesca.

A lo largo de los años, me he enterado de cómo los descamados versículos bíblicos habían ido acumulando esplendor a través de los siglos, para convertirse en una de las más fascinantes leyendas medievales.

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La historia de los reyes magos, según hoy la conocemos, toma cuerpo en el Imperio Bizantino, a principios del siglo IV. Allí Santa Elena, apasionada conversa al cristianismo, pasó la mayor parte de sus últimos años buscando reliquias sagradas. Según la leyenda, descubrió los cuerpos de los tres magos en tres diferentes países de Oriente. Hizo que los desenterrasen y los embarcó a Constantinopla, donde permanecieron tres siglos hasta que los trasladaron a la iglesia de San Eustorgio, en las afueras de Milán, donde estuvieron 500 años.

A los restos descubiertos por Santa Elena se les conoció como los «magos» o los «sabios». La palabra «magos» se refería a una casta sacerdotal persa versada en la astrología y las ciencias, con profundos conocimientos de la religión. Como el trío había llegado del Oriente, guiado por una estrella, para venerar a un rey divino, se dio generalmente por sentado que eran magos.

En el primitivo arte cristiano que se ocupó del tema de los magos, su número varía desde dos hasta nada menos que 12. Pero en el siglo «V” el papa León I el Grande declaró lógica la inferencia de que tres regalos hubieran sido llevados por tres devotos. Y en lo sucesivo quedó establecido que los magos fueron tres.

Si había acuerdo general en el número de magos, entonces seguramente debieron tener nombres. Se cree que Beda el Venerable, teólogo inglés de principios de siglo VIII, fue uno de los que primero usaron los nombres que hoy nos son familiares. «Se da por sabido que el primero de los magos fue Melchor, un anciano de pelo blanco», escribe Beda. «El segundo, Gaspar, rubicundo joven imberbe. Y el tercero, de cabello negro y barbado, se llamaba Baltasar. Melchor llevaba oro como regalo para el rey; Gaspar, incienso para el Dios; Baltasar, mirra para el hombre mortal».

Había comenzado el proceso de caracterización de los magos. El gradual oscurecimiento de la piel de Baltasar representa un excelente ejemplo de la fructífera inspiración que puede brotar de la fantasía erudita. Ya que Beda el Venerable lo describía como hombre de piel atezada, los artistas adoptaron la convención de que al menos uno de los magos debía de ser moro, o acaso hasta negro.

El mago negro empieza a aparecer en pinturas y relieves murales del siglo XIV, y su representación culmina en la obra de Alberto Durero, dos siglos más tarde. Durero, nacido en Nuremberg, parece haber pintado a su mago africano utilizando un modelo vivo, mientras que los pintores de los primeros siglos tenían ideas más nebulosas de la fisonomía de los negros.

Pero ¿cómo llegaron a ser reyes tres viajeros considerados originalmente hombres sabios?

Un colaborador del padre Hoster, el doctor Herbert Rodé, explicó que Tertuliano, erudito cartaginés del siglo III, fue probablemente el primer autor que dio a los magos el título de reyes. Aunque durante algún tiempo no se aceptó generalmente esta interpretación, en Alemania sí tuvo pronto muy buena acogida. Los reyes alemanes habían reconocido durante muchos años la soberanía de los emperadores romanos con regalos; y a los alemanes les parecía natural que los tres reyes adorasen a su soberano divino haciéndole presentes.

¿Y respecto a la estrella? Este difícil problema no se investigó científicamente hasta el siglo XVII, cuando el astrónomo Johannes Kepler hizo cálculos retrospectivos hasta 1600 años atrás y determinó con precisión una brillante y rara conjunción de Júpiter y Saturno alrededor de la época del solsticio de invierno, hacia el 22 de diciembre… aunque, desgraciadamente, del año 7 a. de C.

Durante todo este tiempo, mientras la leyenda adquiría autoridad y belleza, las reliquias mismas reposaban en la iglesia de San Eustorgio. Luego, en 1164, el más poderoso de la larga serie de prelados políticos de Colonia, el arzobispo y conde Rainaid von Dassel, se interesó en el caso. Cuando su emperador, Federico I Barbarroja, sitió a Milán y acabó incendiando la plaza, se apoderó de las reliquias como legítimo botín de guerra. Después de una larga marcha por los Alpes, y otra a través de Borgoña, los caballeros de Von Dassel cargaron el sagrado botín en una barcaza y lo condujeron con gran pompa Rin abajo. Toda Colonia aguardaba su llegada en las orillas (se habían enviado heraldos para difundir la grata nueva) y una triunfal procesión escoltó las reliquias hasta el lugar donde habían de reposar en la catedral carolingia del siglo IX.

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Un día pregunté al padre Hoster qué pensaba de todo el cargamento de detalles que la historia de los tres reyes había ido adquiriendo a través de las edades. Sonriendo afablemente, me contestó:

—Las Sagradas Escrituras deben tomarse en serio, pero no siempre literalmente. No se puede, simplemente, considerar a los reyes figuras históricas en el mismo sentido que lo fueron Herodes, o Poncio Pilato o Jesús. Pero alegoría y parábola son también formas de la verdad. Y si lee usted cuidadosamente a San Mateo, encontrará que cada paso que dan los magos es en cumplimiento de determinada profecía del Antiguo Testamento. Si no se toma literalmente el pasaje relativo a los magos, entonces quizá la historia de que sus restos están en el relicario también sea alegórica. Formulé sin ambages esta cuestión al padre Hoster, pero él me tranquilizó: aseguró que, en el curso de las obras de restauración hechas pocos años antes, él mismo había estado presente cuando se abrió el santuario. Y, en un compartimiento del frente, estaban claramente visibles las tres calaveras, cada una en su propio nicho forrado de terciopelo. Detrás, en un cofre de madera más pequeño, estaban los esqueletos con cada hueso por separado envuelto en seda.

El templete de 350 kilos de Los Tres Reyes es el más grande sarcófago labrado a mano del mundo cristiano. Averiado mientras lo transportaban para ponerlo en lugar seguro al estallar la Segunda Guerra Mundial, lo restauraron esmeradamente y hoy lo podemos contemplar, guardado en una urna de cristal a prueba de robo, directamente detrás y encima del altar mayor del templo.

Diseñado en forma de basílica en miniatura, con incrustaciones de piedras preciosas, es la obra maestra del arte de los orfebres medievales. Los reyes y la Virgen están hechos de oro batido, mientras que 28 figurillas de apóstoles y profetas, de unos 30 cm de alto cada una, son de plata chapada de oro.

Desde su terminación, en 1220, la magnitud del templete y su esplendorosa belleza atrajeron multitudes de peregrinos. En 1248 los ciudadanos prósperos decidieron construir un marco adecuado para aquella pasmosa «fruslería». Desmantelaron la vieja catedral y empezaron a edificar el presente monumento. Así, la catedral de hoy no sólo aloja al templete, sino que fue inspirada por él, y más de un millón de personas la visitan todos los años para admirar su majestuosidad. Además, sus Tres Reyes continúan influyendo profundamente en las celebraciones navideñas de todo el mundo.

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