Resumen Del Cuento El Blanco De Enrique López Albújar

“Nuevos cuentos  andinos” es un libro hermoso y viril. En él se ve la garra de cuentista y de hombre, en la plenitud de humanidad, que hay en Enrique López Albujar.

Resumen Del Cuento El Blanco De Enrique López Albújar

Resumen Corto Del Cuento El Blanco

El título no me había servido de nada. Durante cuatro años mi plancha de abogado había tenido que soportar el agravio de las miradas indiferentes. Estaba visto que como abogado nada tenía que hacer con los jueces ni que esperar de los códigos.

Tuve que aceptar una subprefectura, puesto, que en alguna ocasión me ofreciera el director de gobierno, antiguo compañero mío de jaladas universitarias. Y una mañana, soñoliento todavía, tomé el tren de la sierra en Desamparados, camino a Abancay, vía de Ayacucho. ¡Abancay! ¿Dónde quedaría eso? Jamás me había preocupado mucho de la geografía del país. ¡Adonde me aventaban, por Dios Santo! ¿Por qué había sido tan débil de aceptar esto? Y tuve que emprender el viaje lleno de prevención y presentimientos. Días después, ya en Ayacucho. El San Cristóbal de mi añorada Lima me parecía ahora un cerrito de nacimiento.

La naturaleza empezó a decepcionarme de mi limeño mundo y a darme lecciones de humildad. Hasta mi manera de hablar, un poco cotorrera, me parecía transformado. Las palabras no me salían ya destacadas y crepitantes, sino sincopadas o arrastradas. Pero nuestros Andes no sólo “son imponentes” sino impositivos. El puente de Izcuchaca, tan famoso en nuestra historia militar. Por lo mismo que es un desprecio al obstáculo, una burla del hombre a la naturaleza. No me dijo nada Ayacucho, es decir, me dijo mucho del pasado y casi nada del presente. Mi entrada a Abancay fue sutil. Desmonté de mi cabalgadura con mucho silencio en derredor. Un destierro como éste bien valía los dos cientos setenta soles que iba a ganar. Mensualidad que nunca pude ganar durante los cuatro años que permaneciera mi estudio de abogado abierto.

Dos meses habían transcurrido de: aburrimiento, nostalgia, disconformidad, inadaptación, quejas, denuncios, comparendos, lágrimas, detenciones y órdenes judiciales y prefecturales. Meditaba sobre esto una mañana, cuando un sujeto de poncho y espuelas. Me dijo:

  • Mi querido Riverita, por fin te vuelvo a ver,
  • Hombre, si no me dice usted con quien tengo el gusto de hablar,
  • ¡Qué rico tipo! Montes, hombre de Dios, Diego Montes.
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Esta visita tiene doble objeto: darte un abrazo que ya te lo di, y cargar contigo a mi fundo, que está aquí no más. Quiero almorzar y pasar el día en tu compañía, reventarte a preguntas. Acepté. La oportunidad de cambiar la monótona escena que estaba representando a regañadas, desde hacía dos meses, no podía llegarme más a tiempo. Entonces partimos. Dos horas de cabalgar por unos senderos endiablados. Y luego de un largo conversatorio llegamos.

  • Ya estás en tu casa, Riverita- dijo Montes, desmontándose. Y viéndome enfocado por el par de ojos de la mujer que salía a recibirnos, imité y creo hasta superé a mi compañero de viaje.

El almuerzo fue pantagruélico. Bajo un chaparrón de vinos blancos y tintos. Pero lo mejor de este almuerzo fue la franqueza y la familiaridad desplegada durante él. La dueña de casa me brindó un cigarrillo. Aquí fumamos todos – exclamó Montes-

  • Me parece bien y tu… tu señora es muy amable al darnos el ejemplo
  • ¡Qué señora hombre que señora! Sólo la tengo en categoría de compañera ¿verdad Rosina?
  • Posiblemente- habló con displicencia la aludida-

La respuesta de esta mujer me causó una extrañeza parecida al estupor.

  • Todo se puede andar… Es cuestión de que Rosina lo resuelva.
  • Ya te he dicho de que no me urge. Hay que probarte mucho Diego. Eres muy truhan.

Y después de una larga conversación:

  • Hombre- dijo Montes, bueno sería que Riverita nos diera la muestra de lo que él sabe hacer con el revólver.
  • Lo hago muy mal. En Lima casi nadie se dedica ya al revólver.

Entonces los tres, con Diego a la cabeza, penetraron en un corralón, en donde el indio de las siete vidas, se ocupaba en fijar un blanco.

  • A ver, háganse a un lado-exclamó Martínez.

Los siete tiros de su browning acribillaron el negro circulito del centro. El primo de Montes hizo más o menos lo mismo. Sólo Diego y yo no quisimos disparar.

  • A ver Nicucho, mide desde aquí unos treinta pasos y tiende cinco botellas con el pico para acá. Ordenó Montes.
  • Listo

Y la botella giró desfondada. Y mi admiración creció al máximo, cuando vi la quinta botella correr la misma suerte que las otras. Me quedé mudo. Prorrumpí al fin. Le expresé mi admiración con un abrazo.

  • ¿No te has batido nunca tú, Riverita?
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Y como respondiera negativamente prosiguió:

  • Pues en un duelo lo primero que hay que mirar frente al adversario es el ojo que nos va a apuntar…

Y como Montes notase, por mi sonrisa un poco burlona, añadió.

  • De incrédulos está lleno el mundo. Si no lo crees pruébalo. Ahí tienes cinco botellas que te están mirando y aquí tienes mi revolver.

Vacilé. Pero movido por un repentino orgullo tomé el arma y apunté. La botella había saltado del caballete. Una hurra del grupo, a iniciativas de Montes glorificó mi éxito.

  • ¡Buenazo tiro, taita, buenazo!
  • Yo también aplaudo tu destreza Riverita. Te voy encontrado completo, como para hombre de estas tierras. Dijo Montes. ¿Y cómo andarás de prejuicios?
  • Yo me hago a todos los medios. Dieguito. A lo único que creo que no me adaptaré nunca es a dejar de ser quien soy ni a contemporizar con el abuso.
  • Entonces temo que no te va a gustar la prueba que voy a proponer.
  • Si no me la dices
  • No es otra cosa que decir si no de ver. Nicucho abre la bodega.

Pues ahí tienes el blanco. Esforcé la mirada para descubrir que era esa cosa, parecido a un antifaz, revoloteaba un enjambre de moscas.

  • ¡Una cabeza!
  • ¿Y por qué la tienes así? ¿Quién fue el que la mató?
  • ¿Quién habría de ser sino yo, puesto que él fue quien mató a mi padre?

Retrocedí y traspuse la puerta. Oye Montes-dije recobrando el peso de mi autoridad- quita eso y dale buena sepultura. Y no olvides aquello de quien a cuchillo mata a cuchillo muere.

Me voy, y no solo de tu casa, sino de Abancay. Mañana mismo. Ya afuera, partí no sin decir, antes a Montes:

  • Ten mucho cuidado, con tu cabeza, que no faltará quien quiera hacer en ella también el blanco.

FIN

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