Resumen Corto Del Cuento Cachorro De Tigre

Cachorro De Tigre Cuento Andino Resumen

Resumen Corto Del Cuento Cachorro De Tigre

I.

Me lo trajeron una mañana. Y como tampoco supimos su nombre. Resolví bautizar a esta pequeña persona con el de Ishaco. El apellido no podía ser más español: Magariño. Pero es que pesaba sobre él una celebridad tan triste.

¡Magariño!  Así se había llamado (su padre), una especie de “Rey del Monte” andino que durante diez años había: asolado, raptado, violado, asesinado y arreado centenares de cabezas de ganado. Hasta que una bala de uno de sus tenientes le puso término a sus correrías.

El nombre de Ishaco logró imponerse, y pocos días después; nadie volvió a llamarle por Magariño. Ishaco quedó, pues, convertido en la piedra angular de mi servidumbre, y con facilidad se fue enterando de todo. Antes del mes llamaba a todas las cosas por su nombre. Miró la máquina de coser y murmuro:

  • ¡Qué bueno coser Valerio!

II.

La persona que me trajo a Ishaco. Un sargento me dijo:

  • Nadie nos ha querido decir, señor quienes son sus parientes, y nadie quiere recibirlo. “Hijo de bandolero no sirve”. Llévatelo.

Y el vástago de uno de los bandoleros más famosos de estos desventurados campos andinos, entró a ser miembro de mi familia.

III.

El chico comenzó a medrar (mejorar) prodigiosamente. El trato y la estimación que se le diera desde el primer momento le dio aire de simpatía y decencia. En el interior del hogar hacia desternillar (reír) de risa al auditorio. Ishaco, venia, a parar al libro de lectura y no lo hacía mal, a la hora de la lección. Al lado de estas manifestaciones de una inteligencia vivaz, había otras de una anomalía extraña. Se cazaba los piojos y se las comía, hurtaba carne cruda y sangrienta y se los engullía. La sangre de los animales se los bebía, a tragantadas. Era a ratos un insectívoro y un antropófago. La carne cruda lo excitaba, despertaban en él quien sane rabiosos gustos ancestrales. Paseó con una pica (lanza) el corazón de un toro. ¡Así voy a pasear el corazón de Valerio y comérmelo después! Decía.

IV.

Un día que repasaba un expediente. Me levanté presuroso y atisbé. Era Ishaco que se entretenía en restallar una carabina. Me dejó asombrado. Su semblante no revelaba la satisfacción de una curiosidad infantil, sino la expresión de un pensamiento torcido y precoz.

  • ¿Qué haces Ishaco? Exclamé
  • Limpiando carabinas taita. Voy a llevar a mí cuarto tengo: trapo, cordel y grasa.
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El indio sonrió. Está bien veté y cuidado con que vuelvas a tocar estas armas sin orden mía. Ishaco puso la carabina en el armario y se retiró. Y comencé a pensar en la manera de deshacerme de tan extraña criatura.

V.

Estaré viendo marcharse al indio y no lo creerá. Él en ciertos momentos es un demonio. A nadie respeta más que a ti. Y mi mujer puso fin al dialogo con un gesto de disgusto.

  • Todo lo que hace es propio de su edad,
  • Es que lo que hace son perversidades,
  • Tienes razón. Una bestialidad que me pone en el caso de salir de él, en cualquier día.

Lo cierto es que el indio me tenía ya harto con sus travesuras diabólicas. Fuera de que su permanencia en mi casa solo podía ser temporal, ni yo me sentía inclinado a tomarle definitivamente a mi servicio, ni él era, por su origen y su raza, de los indios que se resignan a vivir uncidos al yugo de la servidumbre. Pobres, ignorantes, perseguidos, tristes, trashumantes, roñosos pero libres. ¿Qué vale para el indio la luz de todas las civilizaciones juntas? El indio preso de su incultura. La cultura es un bien que desprecia, y la comodidad, un yugo que odia.

VI.

La noticia de la muerte de Adeodato Magariño (padre de Ishaco) cayó en la provincia entera como un alivio. Todos los esfuerzos por atraparlo habían fracasado. Magariño era hábil conocía el suelo en donde pisaba y eludía con facilidad a la autoridad. Se diría que el indio gozaba con está vida de inquietud y peligro.  Sus aventuras repercutieron en muchas partes trompeteados por la fama. Pero como todo bandolero estaba rodeado de traidores compañeros suyos. Éste era Valerio su teniente quien disparó contra su jefe hiriéndole mortalmente. El nombre de Felipe Valerio comenzó a sonar en todas partes y las miradas de la gente volvieronse a él llenas de curiosidad.

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VII.

Se inició la audiencia. Félipe Valerio había sido capturado. Era un indio: alto, desmirriado, lampiño, nariz curvo, mirar oblicuo y falso, causaba la impresión de estar frente a una hiena. Valerio no negó su delito. Terminado el interrogatorio. Ordené.

  • ¡Llévenlo!

Pero no había pasado un  minuto de su salida, cuando un alboroto me llamó la atención.

  • ¿Qué pasa?

Valerio, medio descrismado, se debatía en el suelo, tenía una herida enorme sobre la cabeza.

  • ¿Quién es el que ha tirado la piedra?- Interrogué

Era Ishaco el autor. El negro lo atrapó, como un gato rabioso decía:

  • ¡Ese perro mató a mi padre! ¡Ese perro mató a mi padre!

VIII.

Interrogue al preso. Se trataba de Ishaco. No había vuelto a saber de él. Pero había rumores que un hijo de Adeodato Magariño, había matado y torturado a Felipe Valerio en venganza por la muerte de su padre. Definitivamente era Ishaco, había crecido. Entonces lo vi comparecer:

  • ¡Buenos días, taita!
  • Buenos días, siéntate.

Su traje a pesar de su desaliño y sencillez, revelaba decencia y comodidad. Al preguntarle por su nombre respondió.

  • Diego Magariño para todos, para ti Ishaco.

Sentí que algo me conmovió. Entonces ordené que se quitará el poncho. Y poco a poco se sintió un olor desagradable, sofocante. Revisamos el huallqui. Y eran ¡ojos!

  • ¿De quién son esos, canalla?
  • De Valerio, taita. Se los saqué, para que no me persiguiera justicia. Y aquellos dos pedazos de carne, eran efectivamente dos ojos humanos que parecían mirar y sugerir el horror de cien tragedias.

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