Resumen Corto De La Obra El Tungsteno

Amigos vivan la impresionante historia de los indios explotados, en la minas, de los gringos millonarios en la novela. «El Tungsteno”, escrita por César Vallejo.

Resumen Corto De La Obra El Tungsteno

El Tungsteno Resumen De Cada Capitulo

I.

Dueña, por fin, la empresa norteamericana “Mining Society” de las minas de tungsteno de Quivilca, en el departamento de Cuzco. Una vasta indiada era llevada al trabajo en las minas. En colca capital de la provincia, el movimiento económico se acrecentó. ¡Quien como los que se van! ¡A hacerse ricos en las minas! Decían las mozas. Llegaron a Quivilca los gerentes, directores, empleaos, misters Talk y Weras, el cajero Javier Machuca, el ingeniero peruano Baldomero. Entre muchos. Se establecieron en un paraje donde hallaron una pequeña cabaña de indígenas. Los soras, en quienes los mineros hallaron todo tipo de apoyo y una candorosa y alegre mansedumbre. Los soras cedían sus granos, sus ganados, y servicios personales, todo gratis. Por el instante los soras seguían viviendo fuera de las labores de las minas. No conocían el valor del dinero, iban y venían alegres, acezando, tensa las venas y erecto el musculo en acción.

José Marino formó una sociedad secreta con el ingeniero Rubio y el agrimensor Benites. Marino era avaro, sabía envolver a las gentes como zorro a las gallinas. Baldomero Rubio era manso y Benites era asustadizo. Así Benites puso el ojo en los terrenos ya sembrados de los soras. Por ejemplo en una oportunidad le dio a cambio de un terreno una garrafa azul, con flores rojas. El sora no comprendía, si el cambio hecho había sido justa o no. La conciencia económica de los soras era muy simple: mientras pudiesen y tuviesen donde y como trabajar, para obtener lo justo y necesario para vivir, el resto no les importaba.

En el bazar de José Marino solían reunirse después del trabajo, se bebía y charlaba, se intercambiaban opiniones. Leónidas Benites decía: ¡pobres soras! Son unos cobardes, y unos estúpidos. Marino le salía al encuentro y le refutaba tales ideas diciéndole que los indios saben muy bien lo que hacen. El cajero Machuca dijo: los soras son unos indios duros, insensibles del dolor ajeno y que no se dan cuenta de nada. Unos fríos de corazón. Les falta ser cristianos y practicar las virtudes de la iglesia. Entretanto el lema de Leónidas Benites era: “trabajo y ahorro” se decía ser un joven, bien laborioso, ordenado, honorable y de gran porvenir.

Leónidas Benites, tomaba medidas provisorias para todo, para las enfermedades, para los alimentos “sucios” priorizaba la higiene de su cuarto etc. En los días feriados de la iglesia ojeaba el evangelio según San Mateo. En general Leónidas Benites no era muy querido en Quivilca. Su única amiga era una señora madre de un tornero. Una tarde Benites cayó enfermo y la señora fue a verlo haciendo un preparado de infusión de eucalipto con dos copas de alcohol. Pero nada reconfortaba a Benites que daba voces de pesadilla. La señora decidió hacerle otro remedio. Y en medio de visiones de fiebre vio el corazón de Jesús que acudía a defenderlo de todos y de todo. En el delirio se monta sobre el lomo de un caimán, en medio de un gran rio, entonces le poseyó un pavor repentino que se dio cuenta que asistía a la hora de juicio final, hizo un examen de conciencia sobre las buenas y las malas acciones de la tierra. Todo eran buenos actos, luego pidió a su memoria los recuerdos amargos y no había ninguna. Excepto de una, cuando fue a dormir en un hacienda desolada y tocó la puerta un alma en pena y le dijo: “En la unión de la cocina deje enterrado cinco centavos. Agrega noventaicinco centavos más y paga con eso al cura, para mi salvación”. Entonces Benites gruño agarrando un palo contra el alma en pena. Había sido una broma pesada de alguno de sus amigos sabedores de la ambición de Benites.

Benites despertó bruscamente, a su lado estaba José Marino y le pidió fuera al bazar a arreglar cuentas. Ya en el bazar echaron suerte en el cacho a la Rosada que era una de las queridas de Marino. El comisario Balduzari se ganó en cacho a la Rosada y mando servir la champaña. Marino mandó a Cucho su sobrina para que le llame a la Rosada Graciela a fin de que viniera al bazar. El comisario Balduzari era el brazo derecho del contratista José Marino. Nada pues extraño que el comerciante estuviese ahora dispuesto a entregar a su querida al comisario, ipso facto y en público. Vino Graciela la Rosada y Marino la hizo sentar con ellos. La orgia estaba en su colmo, la Rosada estaba borracha por un preparado que el mismo José Marino le dio de beber. Cantaba y bailaba sin sentido, todos reían. ¿Ves? Aquí está el señor comisario la autoridad, pues él se va a encargar de ti mientras dure mi ausencia ¿me entiendes? Él vera por ti. Él hará mis veces en todo y para todo. La Graciela seguía tambaleándose, luego todos abusaron de ella, primero los patrones míster Talk y Weiss. Los otros personajes entraron a la escena por orden de jerarquía social y económica. Lo hicieron en medio de una batahola demoniaca. Y cuando encendieron luces en el bazar vieron vasos y botellas rotas, una que otra mancha de sangre, todo era un desorden. ¿Y la Graciela? ¡No despertaba estaba muerta! Todos callaron, al día siguiente se enterró a la Graciela. Por la tarde de ese mismo día se presentaron de frente ante el gerente de la “Mining Society” míster Talk, las dos hermanas de la muerta Teresa y Albina. “Venimos porque todos dicen en Quivilca que a la Graciela la han matado y que no se ha muerto ella. Nos dicen que es porque la emborracharon en el bazar” Míster Talk se apresuró en contestar enojado: ¡déjense de zonceras y váyanse a su casa! A la vez Teresa y Albina cesaron de llorar y exclamaron: ¡solo porque son patrones! Por eso hace los que quieren y nos botan así ¡han matado a la Graciela! ¡La han matado!

II.

José Marino junto con su hermano menor Mateo. Tenían un negocio cuyo nombre era: “Marino Hermanos”, consistía una parte en bazares en Colca y de Quivilca y la otra de enganche de peones para la “Mining Society”, lo cual estaba enriqueciendo a los hermanos. Míster Talk le pidió cien peones más para las minas. Dado a la gran necesidad de los Estados Unidos de contar con el mineral para la guerra. José consultó con Mateo. ¿Cuántos peones hay socorridos? Hay veintitrés respondió. Mateo hojeo de nuevo el talonario de los contratos. Al Cruz, al Pio Granados y al cholo Laurencio se le puede ir a ver mañana juntos. Iremos con el subprefecto y le pediremos dos soldados. Lo hermanos Marino eran originarios de Mollendo. ¿Con que dinero empezaron a trabajar? Nadie a ciencia cierta lo sabía. Al fin llegó la hora de dormir, hay que dormir ya, dijo Mateo. Tú estás rendido y mañana hay mucho que hacer ¡Laura! Gritó parándose en la puerta del cuarto. ¡Ahí voy señor! Respondió Laura desde la cocina. Era una india rosada y fresca. Los dos hermanos estaban enamorados de ella que en toda la noche no pudieron dormir. Ni el uno ni el otro tenía sueño. Cavilaban en Laura que estaba haciendo su cama en la cocina. Laura a su vez había tomado muchos hábitos de señorita aldeana y jugaba con los dos hermanos. Por fin Mateo fue en su busca de Laura, rasgo la puerta, y Laura en su intento de abrir choco contra el batán y se luxo la cadera  y la muñeca le sangraba. Un momento después apartó la muñeca herida de Laura y según su costumbre lanzó unos bruñidos de animal ahíto. Laura quedó tendida en el suelo llorando. Probó en levantarse y no pudo. José entró, echó de un empujón la puerta de la cocina y se echó encima de Laura pero el olor que emanaba lo hizo retroceder y se levantó. No se vaya don José tengo algo que decirle dijo Laura: ¡estoy preñada! Y es de usted, ¿preñada? ¡No friegues! Dijo José con risa de burla. ¡Si don José estoy preñada de usted! Y un sollozo la ahogó. Laura iba a responder un disparate y se contuvo. La cocinera sintiéndose en el colmo de su terrible incertidumbre lanzó un sollozo entrañable. José salió y corrió la puerta silenciosamente.

Al otro día los hermanos Marino, fueron al subprefecto Luna y le solicitaron dos gendarmes, para ir a traer a unos peones prófugos. La “Mining Society”, nos obliga a poner cien peones en las minas de aquí a un mes. La oficina de New York, exige más tungsteno, y los cholos que traeremos se niegan a cumplir su contrato y a salir para Quivilca. El subprefecto solo contaba con dos hombres, el sargento con dos soldados se habían ido a traer conscriptos. Los miembros de la Junta llegaron al despacho subprefectural: El alcalde, el juez doctor Ortega, el médico provincial doctor Riano, y el vecino notable de Colca señor Iglesias. Se inició la sesión dando lugar al telegrama del señor prefecto del departamento que decía: “Subprefecto Colca. Requiriéndole contingente sangre, fin de mes indefectiblemente. (Firmado) prefecto Ledesma”.  En ese momento llegó a la plaza un ruido de caballería, venían los conscriptos: ¡traemos dos su señoría! Dijo en voz alta y dirigiéndose al subprefecto. ¿Son conscriptos?, No su señoría los dos son “enrolados”. ¿Cómo se llaman? Isidoro López y Braulio Conchucos, su señoría. Detrás vinieron gente y familiares de los detenidos que rogaban que los soltaran ¡Porque pues taitas! ¡Porque pues al Isidoro! ¡Patroncitos! ¡Suéltalo! ¡Suéltalo! Suplicaban. Isidoro y Braulio ambos eran yanaconas de Guapongo, analfabetos y desconectados totalmente del fenómeno civil, económico y político de  Colca. ¿Qué sabían estos dos yanaconas del servicio militar obligatorio? ¿Qué sabían de patria, de gobierno, de orden público? Lo único que sabían estos dos indígenas era que eran desgraciados. Braulio Conchucos tenía su padre viejo y hermanos pequeños, una mujercita de diez y un varón de ocho. Braulio había querido abrazarlos pero lo habían amarrado los brazos a la espalda. La comitiva arrancó agarro la delantera el sargento a trote. Luego un gendarme con el otro conscripto Isidoro López, a pie y atado a su mula. También todos sus familiares lloraron su partida. Se preguntaban ¿quiénes eran esos monstruos con todos esos botones brillantes y que llevaban escopeta? Seguían preguntándose porque llevaban al Braulio y al taita. Los “enrolados” quieran o no iban al paso de las bestias. Al principio caminaron con cierta facilidad, luego comenzaron a flaquear. Pasaron por caminos escabrosos. Isidoro López oso decir al gendarme que lo llevaba ¡cuidado taita! ¡Nos vamos a rodar! ¡Calla animal! Le contesto el gendarme dándole un bofetón en las narices. A partir de ese momento los dos “enrolados” se sumieron en un silencio completo. Tanto las mulas como los “enrolados” se sentían fatigados cansados pero los gendarmes no sentían nada de piedad avanzaban y avanzaban. Cuando los curiosos se acercan a Isidoro López, se reían. Pero cuando se acercaron a Braulio Conchucos se quedaban viendo su rostro doloroso y desfigurado. Algunas mujeres del pueblo se indignaron y murmuraron palabras de protesta. ¡Le han pegado los gendarmes! Gritaba la muchedumbre. Muchos vecinos de Colca entraron en cólera. El subprefecto ordenó: ¡Traigan a los “enrolados”! ¡Hágalos entrar! Los “enrolados” fueron desatados de los pescuezos, avanzaron penosamente, empujados y sacudidos por sus guardias. La muchedumbre gritó: ¡asesinos! ¡Ahí van casi muertos! ¡Bandidos!… Entonces Servando Huanca el herrero dijo: ¡señor alcalde! El pueblo quiere saber en que acaba todo esto y pide…Servando nacido en las montañas vivía en Colca unos dos años solamente. No tenía mujer ni parientes, ni diversiones, ni muchos amigos, solitario más bien. Era un tipo de indio puro, cobrizo, ojos pequeños. Todos tenían miedo pero Servando Huanca los alentó, haciéndose guía y animador del movimiento. Cuando era mecánico fue testigo y actor de parecidas jornadas. Estos antecedentes y una dura experiencia que como obrero había recogido encendieron contra las injusticias de los hombres. Servando se dolía y rabiaba por solidaridad contra los mandones, autoridades, y patrones. ¿Poseía ya Servando Huanca una conciencia clasista? Su sol táctica de lucha se reducía a dos cosas muy simples: unión de los que sufren las injusticias sociales y acción práctica de masas. Al sentarse todos los miembros de la Junta Conscriptora Militar, llegó a la plaza un vocerío ensordecedor. El subprefecto Luna ordenó. ¡Sargento! ¡Imponga el orden! ¡Cueste lo que cueste! ¡Yo se lo autorizo!…Preguntaron a Isidoro López sobre su edad, y no sabía: Yo no sé pues taita veinte o veinticuatro quien sabe taita respondió. Entretanto Braulio Conchucos estiró el cuerpo y tras de unas convulsiones se quedó inmóvil. El doctor Riaño acudió y dijo: Está muerto, está muerto. Entonces Servando Huanca saltó a la calle: ¡un muerto! ¡Lo han matado los soldados! ¡Abajo el subprefecto! ¡Abajo las autoridades! ¡Viva el pueblo! ¡Abajo los asesinos! ¡Mueran los criminales! Un choque inmenso se produjo entre el pueblo y los gendarmes. Se oyó claramente la voz del subprefecto que ordenaba: ¡fuego sargento! ¡Fuego! ¡Fuego! Bajo el radiante y alegre sol de mediodía, al aire del Colca, se saturó de sangre y de tragedia. Un murmullo doloroso llenaba la plaza. En torno a cada herido y cada cadáver se formó un tumulto. Los gendarmes seguían disparando sus rifles. Realizó numeroso prisioneros de hombres y mujeres del pueblo. Una represión feroz e implacable se inició contra las clases populares. De la una de la tarde en que se produjo el tiroteo, hasta media noche, se siguió disparando sobre el pueblo sin cesar. Se acordó comunicar por telégrafo lo sucedido a la Prefectura del Departamento. El comunicado fue así concebido y redactado: “Prefecto Cusco. Hoy tarde durante reunión Junta Militar fue asaltado, balas y piedras subprefectura por populacho, amotinado y armado. Doce muertos y dieciocho heridos y dos gendarmes con lesiones graves”. El alcalde Parga felicitó al subprefecto y brindaron hasta emborracharse. Poco después José Marino le preguntó al subprefecto Luna. ¿Cuantos indios han caído presos? Alrededor de unos cuarenta respondió. Trajeron una banda de músicos y celebraron. A la mañana los salones municipales estaban convertidos en un local de fiestas. El cura se quitó la sotana y se hizo el protagonista de la fiesta.

Al día siguiente el subprefecto mandó llamar a Marino y le ofreció quince indios para las minas de míster talk, Marino le rogó que le diera veinte y aceptó. Entonces de los cuarenta detenidos, en la noche de ese mismo día y previa selección de los más humildes e ignorantes fueron sacados veinte indios de la cárcel de tres en tres. Nadie dijo a estos indios nada. Ni adonde se lo llevaban, ni por cuanto tiempo, ni en qué condiciones. Ellos obedecieron sin proferir palabra alguna. Cuando ya fue de mañana y el sol empezó a quemar muchos de ellos tuvieron sed. ¡Pero ni siquiera un poquito de chicha! ¡Ni un poco de agua! ¿Y las familias? Todo, todo quedaría atrás.

III.

Se reunieron: El herrero Huanca, Leónidas Benites y el apuntador y ex amante de la finada Graciela, todos en Quivilca. Hablaron de todas las injusticias que se cometían con los indios, los mandamases y ricos de “Mining Society”. Decían que los obreros deben de asumir el gobierno. Más eso no era todo Servando Huanca osaba ir hasta la revolución y de botar a los millonarios y grandes caciques que están en el gobierno. Unos instantes después salió del rancho Leónidas Benites cuidando de no ser visto. Minutos más tarde salió tomando idénticas precauciones Servando Huanca. Dentro del rancho el apuntador trancó su puerta, apago el candil y se acostó. Y no podía dormir entre sus pensamientos estaba los pensamientos que le había dicho el herrero Huanca, sobre “revolución” “jornada” “patrones” “justicia”, cruzaba esa noche por su mente el recuerdo de Graciela, la difunta. La había querido mucho. La mataron los gringos, José Marino y el Comisario. Se echó a llorar.

DATOS DE LA OBRA EL TUNGSTENO

AUTOR: César Vallejo

NACIONALIDAD: Peruano

GÉNERO LITERARIO: Narrativo

PERSONAJES PRINCIPALES DE LA OBRA EL TUNGSTENO

  • Los soras – Son los indios en torno a cuyas cabañas se asientan los trabajadores de la mina de Quivilca
  • Los peones de la mina – Son los rudos trabajadores mineros
  • José y Mateo Marino – Hermanos, son los contratistas de peones de la Mining Society y dueños de dos tiendas o bazares.
  • Mister Taik y Mister Weiss – Norteamericanos, gerente y subgerente de la mina.
  • Baldomero Rubio – Ingeniero de la mina.
  • Baldazari – Comisario del asentamiento minero.
  • Parga – Alcalde del pueblo.

Al finalizar solamente agradecimientos por la atención al presente y hasta un próximo resumen.

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